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Congreso 2020: lo corto es bello

Es casi seguro que una amplia mayoría desea dejar el congreso tal como está: cerrado y callado, por lo menos hasta el final del mandato de Vizcarra.

Marco Aurelio Lozano

Publicado: 2020-01-21


Se han organizado debates en dúos y tríos, la prensa ha expurgado listas, en redes sociales han circulado denuncias y encuestas firmes y bambas. Por su parte, los candidatos han tratado de hacer lo suyo, en poco tiempo y sin poder contratar publicidad en medios. A pesar de todo ello, a una semana de las elecciones congresales hay un alarmante 43% de voto blanco o viciado que no cede.

Este sería el más alto porcentaje de indecisión en toda nuestra historia electoral reciente, a pocos días del sufragio. Si bien era un clamor popular echar a los congresistas a la calle, al parecer no existe interés por reemplazarlos. Es casi seguro que una amplia mayoría desea dejar el congreso tal como está: cerrado y callado, por lo menos hasta el final del mandato de Vizcarra. Esta situación no es saludable para el país.

Si bien nuestro desafecto por el parlamento es enorme, habría sido importante que, en esta breve campaña, alguna entidad pública o privada se hubiera abocado a explicar para qué sirve realmente un congreso. Decir que su principal función es hacer leyes no ayuda mucho en un país donde en los últimos años y todos los días vemos pisotear las leyes con impunidad.

Tal vez, una explicación sobre las funciones de fiscalización y representación hubiera generado mayor interés. Entonces, habría sido pertinente explicar que fiscalizar no significa hostigar políticamente al adversario (como lo hizo el fujiaprismo disuelto contra ministros y funcionarios) o desperdiciar recursos en comisiones investigadoras infructuosas. Y aclarar que a los congresistas tampoco les tocar “gestionar obras para su pueblo” (con el consiguiente bono de éxito).

Adicionalmente, hubiera sido necesario hablar de una cuarta función parlamentaria, mencionada por Alberto de Belaunde en uno de los debates, y que muchos han pasado por alto. Se trata de la tarea de elegir autoridades y funcionarios de suma importancia como el Defensor del Pueblo, el directorio del Banco Central de Reserva, los magistrados del Tribunal Constitucional o el Contralor de la República.

Desafortunádamente, como suele pasar en campaña, la mayoría de candidatos ha contribuido poco o nada a esclarecer los límites y las competencias de los congresistas. Más bien, hemos vuelto a escuchar propuestas descabelladas como la creación de un ministerio de la familia o la lucha contra la delincuencia venezolana desde el parlamento. Tampoco han ayudado los debates organizados por el Jurado Nacional de Elecciones, donde se han planteado preguntas sobre cosas que no le toca hacer al congreso ¿O acaso desde el congreso se puede disminuir la deserción escolar o aumentar la seguridad ciudadana? Claro que no, y menos en una gestión tan corta.

En los últimos tres años, como sociedad hemos aprendido más de derecho constitucional que de derecho parlamentario, a punta de cuestiones de confianza y mociones de vacancia. Siendo así, lo ideal es que el nuevo parlamento se aboque a dejar el terreno mejor preparado para las elecciones del 2021. Para ello, es fundamental completar la reforma política, insistiendo con la creación de un Senado (que en algún momento tuvo apoyo popular), y haciendo menos “odiables” a los congresistas, eliminando de una vez la inmunidad y las gollerías.

Después del régimen fujimorista, nos hemos convertido en un pueblo de idilios políticos de corta duración. Paniagua, con nueve meses de gobierno, y Vizcarra con poco más de tres años, son nuestros presidentes más populares de comienzos de este siglo. Quizás  para el próximo parlamento la mayor bendición sea su brevedad. Ojalá la sepan aprovechar, haciendo poco pero bueno.


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