Hoy 21 de marzo se celebra el Día Internacional de la Lucha contra el Racismo y la Xenofobia.
Cualquiera pensaría que en momentos de dura batalla electoral estas fechas son lo de menos. Yo creo que es al revés. Es en esta coyuntura, cuando decidimos quiénes conducirán el país, en que debemos recordar que el racismo es una tara social profundamente arraigada en nuestra patria y que puede afectar para siempre la vida de muchas personas. Desde la publicidad, donde el ideal de felicidad se asocia solo con niños y familias de rasgos europeos, hasta la indiferencia frente a la pobreza en familias campesinas “porque los cholos están acostumbrados a sufrir”, las consecuencias sociales del racismo son enormes.
Estoy convencido de que el Estado puede contribuir enormemente a revertir esta situación. Por eso propongo la promulgación de una Ley contra la Discriminación y hacer un seguimiento especial a casos emblemáticos de discriminación y racismo, como el acceso a determinadas playas o espaciso públicos, o la falta de una atención adecuada en determinadas dependencias estatales donde es necesario que los funcionarios usen el idioma local (quechua, aymara, etc.) o no exigir el DNI.
La toma de conciencia respecto a esta problemática (comenzando por reconocer las veces que hemos discriminado o cuando nos han discriminado) es un buen primer paso en este 21 de marzo.
